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“Si me quisieras de verdad no me harías esto” es muchas ocasiones resulta difícil reconocer entre nuestros familiares, amigos, parejas actitudes de manipulación. Si bien soy partidaria de no generalizar porque todos somos originales e irrepetibles, se pueden identificar actitudes que definen a las personas manipuladoras.

Una persona manipuladora se caracteriza por:

* Tener habilidad para detectar los puntos débiles del otro y usarlos en su contra en momentos de vulnerabilidad

* Desprestigiar sistemáticamente al otro haciéndolo dudar de sus actos, palabras, atributos positivos e incluso de la intencionalidad de sus actos

* Ser perseverantes y controladores

* Por su capacidad de victimizarse, no hacerse cargo de sus actos y culpar, responsabilizan y hacer sentir mal al otro

* Muchas veces son narcisistas, egocéntricos y/o tienen un complejo de superioridad compensatorio a su inseguridad.

La trampa de las personas manipuladoras radica en hacer creer al otro (su víctima) que sin ellos no podrían vivir; de este modo el otro cae en la confusión y en la dependencia, en algunos casos la propia víctima teme dañar al manipulador y lo termina protegiendo.

l accionar persistente del manipulador repercute en la víctima haciéndola sentir insegura y culpable, declinando su autoestima y generándole inestabilidad emocional; de este modo el otro termina haciéndose cargo de todo, necesitando la aprobación del victimario y sintiendo temor a su respuesta, a provocar enojo o ira.

Liberarse de la manipulación es posible, debemos aprender a identificar las situaciones y personas involucradas y actuar al respecto; el acompañamiento de un profesional puede ser crucial en muchos casos.

Para librarse de la manipulación se requiere:

* Tomar consciencia de la situación

* Incrementar los recursos para defender el propio espacio

* Fortalecer la autoestima

* Trabajar para perder el miedo

* No satisfacer chantajes

* No dudar, sobre todo de uno mismo

La forma en que tratamos, a nosotros mismos y a nuestro entorno, y la forma en que nos dejamos tratar por los demás, está directamente relacionado con nuestra personalidad, herencia, ambiente, crianza, educación, e incluso, con la cultura heredada. Hemos aprendido a tratar a las personas en nuestros hogares, con nuestras circunstancias y con nuestra historia. Si somos personas bien-tratadas, si tratamos bien a nuestro entorno, todo funciona perfecto; pero si tratamos mal, entonces lógicamente nos tratan mal.

Aprendemos a vincularnos en nuestro hogar, viendo cómo se tratan nuestros padres, nuestros familiares cercanos. Luego adquirimos más modales en la escuela, en nuestro grupo de amigos, sin embargo el núcleo familiar es trascendental, es la primer escuela. Pero sucede que con el paso de los años nuestra cotidianeidad cambia y nos olvidamos de dónde tomamos inconscientemente referencias, y todo nuestro ser nos parece natural.

Tengo una buena noticia, podemos cambiar a través del ejercicio de la memoria y la consciencia la forma en que nos vinculamos, el trato que nos damos a nosotros mismos, a nuestros allegados y el trato que permitimos que nos den.

La tarea es tomar consciencia de nuestros modos, entender por qué y sanar. El pasado no es un lugar para instalarse, sino un lugar para aprender, un lugar de referencia. ¿Nos identificamos con nuestros padres o con aquel niño o niña que éramos? ¿Con qué palabras nos hablaban? ¿En qué tono? ¿Reproducimos esas formas, esas palabras? ¿Nos hablaban o eran indiferentes?

Podemos vivir una vida plena, con buenos tratos y vínculos basados en el respeto y amor.

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